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Por Mario Guarda , 11 de septiembre de 2023 | 15:37

Un niño del 73: cómo un estudiante de sexto básico vivió aquel 11 de septiembre en Futrono

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Ese día los alumnos de la escuela Nº30 fueron despachados a sus casas. Helicópteros militares llegaron a la comuna. Créditos fotos: Youtube / DiarioFutrono.cedida.
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Hace 50 años Jaime Ancalaf, hoy funcionario municipal futronino, fue testigo de lo que ocurrió esa jornada en el colegio en que estudiaba y donde se instaló un contingente militar.

“Para ese 11 de septiembre yo tenía 11 años, estudiaba en la Escuela Nº 30, hoy día Colegio María Deogracia. Estamos hablando de sexto básico”, comenta Jaime Ancalaf.

Los testimonios acerca de lo que ocurrió el día 11 de septiembre de 1973 generalmente son contados por quienes ya eran adultos en esa época, pero pocas veces se ha puesto atención en cómo los niños vivieron esa jornada de martes, en que la mayor parte de ellos se encontraba en clases.

Jaime Ancalaf Soto, conocido funcionario municipal de Futrono y jefe de la Dirección de Tránsito, recordó aquel día que le dejó imágenes que conserva para siempre.

Ancalaf habló con Grupo DiarioSur y volvió sobre sus recuerdos de hace 50 años, cuando era un estudiante de enseñanza básica en el emblemático establecimiento educacional, entonces dirigido por religiosas. 

Su padre fue carabinero, razón por la cual llegó en 1966 con su familia a Futrono, procedente de Los Lagos.

Su papá se hizo cargo del retén que en aquellos años se encontraba frente a la municipalidad, aunque para el año 1973 había sido destinado a otra comuna.

Un día normal y un abrupto cambio 

“El día 11 para todos era un día normal, la única diferencia es que en esa ocasión se celebraba el Día del Profesor. Recuerdo que esa mañana se hizo un recreo más largo porque el Centro de Padres ofreció un ágape a los profesores en el comedor de la casa parroquial”, inicia su relato. 

En este punto es necesario señalar que en aquella época efectivamente el Día del Profesor se celebraba cada 11 de septiembre, lo que cambió en 1974, ya que la fecha adquirió una nueva connotación. 

“Estábamos en el patio y recuerdo que salieron los profesores, los papás que en ese momento estaban; mi mamá entre ellos, a pedirnos que teníamos que irnos rápidamente para la casa porque había pasado algo”, refiere Ancalaf sobre la determinación que dejó confundidos a los estudiantes. 

Sin entender qué sucedía, el total del alumnado del establecimiento salió rumbo a sus casas. La familia Ancalaf-Soto, como hoy, tenía su domicilio en calle Acharán Arce, al lado de la posta de salud de la época. 

Ya en el hogar e intentando comprender ese abrupto cambio en el cotidiano esquema colegial, la familia intentaba obtener alguna información que aclarara la incertidumbre. 

“Las noticias en ese tiempo no eran como hoy día que las tenemos al segundo”, enfatiza agregando que quienes tenían radio se enteraron más rápido de lo que estaba pasando en Santiago y en el país. 

La familia Ancalaf-Soto contaba con televisión, aparato que no era común entre la población futronina de esos años. 

“Se cortó la programación y empezaron a pasar los famosos bandos de la Junta de Gobierno, de lo que había pasado en ese momento en La Moneda, en lugares como la casa del Presidente en Tomás Moro, el bombardeo...y los militares en la calle. Esas imágenes eran realmente fuertes”, revela. 

“Se pedía en esos comunicados que nadie se asomara a las ventanas, pero uno como niño siempre tiene la curiosidad y siempre uno se las arreglaba para ver más allá de lo que tenía que ver”, comparte sobre lo vivido en las primeras horas después del golpe militar. 

En esa fecha su padre no se encontraba en Futrono, ya que tiempo antes había sido destinado a cumplir funciones en Río Bueno. “Después del 11 de septiembre no vimos a mi papá por varios meses, porque los tenían acuartelados casi al 100 por ciento”, comenta. 

“Me acuerdo que lo llamó mi mamá y él le pidió que no saliéramos ni siquiera a la ventana. Era una cosa impensada y sin mayores explicaciones”, agrega sobre el único contacto que pudieron tener con el padre de familia en esa jornada. 

“Fue muy fuerte pasar de un momento a otro de la calma a tener miedo de lo que podía pasar. Como niños no dimensionábamos una realidad que acá no veíamos”, complementa. 

Se ordena el toque de queda 

Con el pasar de las horas, el ambiente denso parecía complicarse todavía más. La orden de mantenerse dentro de las casas se reforzó con el mandato de una nueva medida que se quedaría por varios años para el control de la población: el toque de queda. 

“Lo primero que recuerdo es el toque de queda. A las cuatro de la tarde no debía andar nadie circulando en las calles. Ese era el comunicado de parte del Gobierno. Ese mismo día todos encerrados”, explica. 

Muchos jóvenes y niños de hoy no entienden lo que esto implicaba para los menores en 1973, cuando no existía internet, ni computadores ni nada que se le pareciera. Los juegos y el tiempo libre se pasaban principalmente fuera de la casa, en la calle y otros espacios públicos. 

“Ese día fue raro. Como niños, no estábamos acostumbrados a estar encerrados. Todos los juegos eran afuera, en el patio. La mamá te tenía que gritar a cada rato “pa' que te entres” a hacer las tareas, a tomar once. Ese sistema cambió de pronto”, afirma. 

Y el cumplimiento de esas órdenes a nivel nacional eran vigiladas por los pocos carabineros que había en Futrono. 

“Pasó esa noche. Los carabineros en ese momento hacían todo a pie o a caballo. No había patrullajes como los que vemos hoy, tampoco había tantos carabineros. Deben haber sido unos seis o siete enl a ciudad”, recuerda. 

Las clases en la Escuela Nº30 quedaron suspendidas por varios días, al menos durante una semana. “Encerrados en la casa, como una pandemia y con las cortinas cerradas porque esa era la orden”, dice Ancalaf. 

El ejército instalado en la escuela 

Respecto de la llegada de los militares a Futrono, Jaime Ancalaf no recuerda si fue el mismo 11 o al siguiente, pero en los días posteriores, al retornar a clases, la sorpresa fue general para los estudiantes. 

“Nos encontramos con que el contingente de los militares estaba en el colegio, en el gimnasio”, señala

Fue en ese ambiente en que debieron vivir por varios días los estudiantes y los militares. 

¿Cómo llegaron a instalarse los uniformados en el establecimiento? Simplemente ocuparon el espacio e incluso ingresaron a un conocido local comercial de Futrono y requisaron decenas de colchones y frazadas para el contingente.

Todo fue sorpresa para los niños que retomaban sus deberes escolares. Llamaba la atención el número de militares premunidos de armas largas. Ancalaf reconoce que la situación era poco comentada, por miedo. 

“Yo creo que los profesores lo que trataban de dar era un poco más de tranquilidad porque estábamos todos asustados; o sea, era incómodo encontrarte con los militares armados dentro del colegio. Salías a recreo y estaban los militares ahí, los vehículos ahí o resguardando la entrada. Era un periodo de miedo, de intranquilidad”, afirma. 

Un espacio que estaba absolutamente vedado para el ingreso de los alumnos era el gimnasio del establecimiento. Se decía que allí era donde estaban acuartelados los militares, aunque el rumor en voz baja entre los mismos estudiantes hablaba de prisioneros en el lugar. 

“Al gimnasio no nos podíamos acercar. Veíamos gente que entraba y que salía, pero que hayan estado prisioneros no podría asegurarlo. De repente, entre los mismos compañeros de colegio se comentaba que debajo del escenario tenían a algunas personas. Otro decía que en las graderías también, pero era como el cuchicheo. Sí recuerdo claramente que entraban vehículos militares al recinto”, indica. 

Helicópteros y prisioneros

Donde fue posible confirmar el tránsito de prisioneros fue en un sitio aledaño a la casa de Ancalaf, que fue usado como helipuerto por un tiempo, entre una a dos semanas. 

“Al lado de nuestra casa había un sitio vacío que hoy es el estacionamiento de Caja Los Andes. Ese lugar estaba destinado para los helicópteros que llegaron. Se posaban ahí, traían gente, bajaban gente, las subían a los camiones. Hubo mucho movimiento y en las noches eso quedaba resguardado por los militares”, revela el funcionario municipal. 

“Como niños nos prohibían asomarnos a las ventanas, pero nosotros corríamos un poco las cortinas cuando no nos veían y mirábamos qué pasaba ahí...y eso era lo que veíamos”, añade. 

Asegura que las personas que veían circular en ese espacio eran prisioneros, porque eran conducidos por los militares que estaban armados. Pero ¿a dónde iban esos helicópteros? 

“Hoy día uno escucha que muchas de esas incursiones iban hacia Arquilhue, a Huapi, a Riñinahue. Uno veía a dónde iban esos helicópteros o de dónde llegaban, entonces uno con el tiempo dice ¡claro! En tal parte había pasado algo, así que después era atar cabos nomás”, expresa respecto a cómo con los años pudo armar un esquema aproximado de esos vuelos.

Además, agrega que en alguna fecha de esos días un helicóptero distinto, de mayor tamaño, aterrizó sobre la plaza principal de Futrono.

Lo anterior era complementado por los comentarios que inevitablemente se compartían entre compañeros de escuela.

“Se comentaba, por ejemplo, que hubo mucha gente de Arquilhue que los trajeron detenidos. Lo mismo con personas de isla Huapi. Uno era chico y no conocía a esa gente. Escuchábamos del Complejo en Arquilhue, pero no dimensionábamos de qué se trataba”, explica. 

Lo anterior hace referencia al Complejo Forestal Maderero Panguipulli (Cofomap), al que pertenecía el fundo Arquilhue, y donde se llevó a cabo una fuerte represión militar sobre trabajadores y sus familias.

La nueva normalidad 

Pasaron las semanas hasta que los militares se retiraron de la Escuela Nº 30 y se recobró una relativa tranquilidad, aunque fuertemente condicionada, como la restricción del derecho a reunión, lo que cambió y limitó profundamente la vida comunitaria, incluidas las escuelas. 

“La vida de a poco comenzó a retomar cierta tranquilidad. Mucha de nuestra vida se hacía dentro del colegio. Era siempre como el centro neurálgico, social. Al comienzo no se podían hacer reuniones de los papás porque estaba prohibido”, explica Jaime Ancalaf. 

“En la calle tenías que andar casi solo, porque no podías pararte en la esquina a conversar con más gente porque era sospechoso, menos hacer reuniones de ningún tipo”, agrega. 

Esas condiciones se mantuvieron durante años, llegando a conformar lo que se podría llamarse una nueva normalidad en la que crecieron muchos niños, adolescentes y jóvenes.

“Creo que siempre quedó ese miedo porque seguimos con el toque de queda, siempre a las cuatro de la tarde. No recuerdo por cuánto tiempo porque después ya se fue extendiendo más, pero lo tuvimos en Chile hasta el año 1988 si no me equivoco. A las 12 de la noche toque de queda hasta las seis de la mañana”, explica. 

Estas vivencias de hace medio siglo dan cuenta de cómo el peso del golpe militar se sintió hasta en el espacio más íntimo de cada hogar chileno, tal como lo cuenta un testigo que era un niño y como tal, ajeno a toda idea política. 

Así fue como vivió el cambio histórico mas profundo en el país desde la segunda mitad del siglo XX a la fecha.

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